La tarde de ese martes 17 de agosto transcurría con normalidad. Me encontraba ansioso y feliz porque ese día, que se celebraba el Día del Ingeniero, habíamos previsto tener una reunión por la noche para celebrarlo con mi hermana Yina, mi primo Ángel Daniel, AnaMile y quienes quisieran sumarse. Además, como salía a vacaciones el viernes siguiente, debía continuar con el cronograma de entrega a la persona que me haría el reemplazo… Quería que la semana acabara rápido para poder disfrutar de esos días de descanso al lado de mi familia. No obstante, la felicidad duró poco, aunque la ansiedad se mantuvo.
A las 2:30 p.m. AnaMile se despide de mí porque iba a hacer algunas diligencias al centro. Habían transcurrido tal vez dos minutos desde que se despidió de mí, cuando de repente se devuelve y me dice con mucha angustia: “Juan, que llames a tu casa que a tu papá le pasó algo”. En ese momento, traté de mantener la calma, me vestí y le dije: “No voy a llamar. Vamos para allá enseguida”.
Cuando iba saliendo, me encuentro con mi hermano Julio que parece que viene a darme alguna razón. Le pregunto: “¿Qué le pasó a papi?” y me responde que no sabe.
Avanzamos rápidamente en el coche hasta donde mis papás y encontramos a mi abuela Gilma quien entre lágrimas nos anuncia que papi está en la clínica y que mami había llamado a avisar que se encontraba muy mal. En ese momento veo a mi mamá venir a los lejos, y sin pensarlo me dirijo de inmediato hacia donde ella. Cuando la alcanzo en el coche, me detuve a su lado y le pregunté: ¿qué pasó mami?, ¿cómo está papi? -En ese momento pensé lo peor, creí que mi mamá me daría la peor noticia de mi vida hasta entonces- No había terminado de preguntarle cuando ella revienta en llanto, un llanto desconsolado que me hacía entender la gravedad de la situación. Un llanto que jamás le había visto.
La invito a que suba al coche y trato de calmarla mientras nos dirigimos a la clínica; en el camino, ella seguía llorando desconsolada y me decía que mi papá había entrado en un cuadro atípico: escalofríos, fiebre, alucinaciones, mucha ansiedad y estrés.
Cuando llegamos a la clínica, entramos rápidamente al área de urgencias y de inmediato unas enfermeras y doctoras que estaban allí le preguntaron a mami para dónde había cogido, que a mi papá habían tenido que trasladarlo de Urgencias a la Unidad de Cuidados Intensivos porque había convulsionado. Nos informaron de manera verbal el anticonvulsionante que le aplicaron y nos pidieron firmar el consentimiento informado de traslado a UCI. Mi mamá estaba tan desconcertada que no pudo firmar el consentimiento, lo firmé yo. Acto seguido nos piden que subamos al área de UCI para indagar sobre el estado de mi papá. La doctora dijo una frase que jamás olvidaré y que presagiaba lo que vendría en horas postreras: “Suban y pregunten por él, y pídanle mucho a Dios, mucha oración mi señora, a esperar un milagro”. Pese a que la doctora había dicho así, en ese momento de estrés y shock, mi cerebro no procesaba la magnitud de la tragedia. Subimos a averiguar por él, con mucha ansiedad, pero tranquilos.
En el área de UCI nos piden que esperemos, allí estuvimos por alrededor de una hora mientras nos daban alguna razón. Veíamos enfermeras correr de un lado a otro, supusimos que era el trajín normal de esa área; luego sabríamos que ese “corre corre” era debido a la situación que estaban viviendo con mi papá.
Después de casi hora y media, al filo de las cinco de la tarde, recibimos el llamado por parte del intensivista para el reporte. El doctor empieza preguntándonos qué relación teníamos con el paciente, hace preguntas sobre él, a qué se dedica, dónde vive, si padecía alguna enfermedad, etc. Nos hizo esa pequeña entrevista sin decirnos todavía cómo estaba él; mientas preguntaba eso, yo por dentro temía que al final nos iba a decir algo malo, porque no encontraba otra explicación para tanto rodeo o tanta pregunta. Yo solo quería saber cómo estaba, qué tenía y si estaba bien.
Al final, el doctor nos dijo: “el paciente está delicado, posiblemente tenga una septicemia o choque séptico que es una infección generalizada en todo el cuerpo debido a un mal manejo de una infección en vías urinarias por retención de orina por inflamación de la próstata. Sin embargo, debemos esperar el resultado de unos exámenes para ratificar el diagnóstico. Ya logramos estabilizarlo, le controlamos la presión y voy a permitir que lo vean”.
El parte médico del intensivista nos alivió un poco la angustia, al menos sabíamos que estaba vivo y que habían logrado estabilizado. Aunque rápidamente mi angustia volvió cuando consulté a través de mi celular los términos “septicemia” y “shock séptico”.
Pasados unos 20 minutos luego del parte del doctor, nos llaman nuevamente para que ingresemos a verlo. Primero entra mi mamá. Mientras ella va en camino, yo me asomo por la entrepuerta de la UCI para ver la reacción de mi mamá al salir. Vi que regresaba tranquila. Eso me dio paz. Luego ingresé yo, le pude ver dormido (sedado) y con menos aparatos y cosas de las que imaginaba, de hecho, lo vi de buen semblante, buen color, respirando, etc.
Salimos de allí con el corazón en la mano. Particularmente nunca había visto a papi hospitalizado en una UCI. De hecho, nunca antes había visto a una persona en una UCI.
El nuevo reporte lo entregarían la mañana del miércoles a las 11 de la mañana. De manera que lo que nos quedaba era volver a casa y tratar de estar tranquilos y comunicar de la mejor manera la situación al resto de la familia, sobre todo a nuestra abuela, quien ya se encontraba angustiada porque sabía que mi papá había tenido una crisis.
Cuando llegamos a casa, encontramos a varios familiares reunidos esperando el reporte. Tratamos de no generar pánico ni angustia y describimos la situación tal cual había ocurrido. Hasta entonces, no le habíamos dicho a la abuela que papi se encontraba en UCI, sino, hospitalizado en cuidados intermedios, un poco delicado, pero en términos generales bien.
Ese día pasó sin mayores novedades, más que la preocupación de tener al padre, hijo, hermano, esposo, tío, sobrino y abuelo en una situación en la que nunca antes había estado.
La noche fue perturbadora, dormí dos bloques de una hora y media más o menos, de resto, estuve en vela y pensativo. Muy temprano me bañé y me alisté como si me fuera de viaje. Quería estar listo para lo que trajera el día. Como me encontraba en labores, visité a mi mamá muy temprano para poder trabajar al menos tres horas, y luego ir a por el reporte médico a las 11 de la mañana. Sin embargo, mientras estaba donde mi mamá, conversando sobre lo que estaba aconteciendo, recibí una llamada que mi teléfono identificó como “UCI Adultos”, contesté y un doctor me dijo: “¿Usted es familiar del paciente Julio Carvajal? -Sí, le respondí. –“Les llamo para que por favor se acerquen a la UCI de inmediato.” Tras esa llamada, volvió la angustia y la ansiedad. Informé enseguida en mi trabajo que tampoco podría laborar esa mañana.
Le dije a mi mamá que iría por algunas cosas a la casa, creo que un tapabocas y regresaba de inmediato por ella. Nos dirigimos a la clínica. Una vez allí, mi mamá se queda abajo mientras yo subo rápidamente para conocer para qué nos habían llamado. Cuando entré al área UCI, lo primero que hice fue mirar al cubículo donde se encontraba papi, vi todo aparentemente bien. El intensivista me pide que pase a su oficina y me dice: “¿Dónde está su mamá?”, yo le respondí que se había quedado afuera pero que ella ingresaría luego. Entonces me mira, y sin pararse de su silla, me dice: “Los mandé a llamar porque el paciente está muy mal y en cualquier momento puede fallecer” Le hemos aplicado todos los líquidos y procedimientos, pero no está respondiendo. Les aviso para que vean y sepan que le hemos trabajado y después no digan que se los entregamos muerto.” – Cuando me dijo eso, se me salen las lágrimas e intento preguntarle algunas cosas, pero sus respuestas carecían de mesura, de empatía. Me hablaba como si le diera rabia o desespero que le preguntara. Como si le fastidiara responder preguntas sobre temas que uno poco entiende. Así que no le hice más preguntas y mejor le dije que quería verlo. Me asintió con la cabeza.
Ingresé a su cubículo y lo vi nuevamente allí, dormido. No le hablé porque pensé que no podría escucharme. Le observé en detalle. Le acaricié las piernas, le toqué el abdomen, sus brazos. Pude sentir que aún estaba vivo. Mientras estoy allí, consumiéndome por dentro de la tristeza y la impotencia, le agarro su mano izquierda y le digo mentalmente:
“Papito: te voy a extrañar y a recordar toda mi vida. Jamás imaginé despedirte así, de esta manera, tan pronto. Chaoo.”
Salí llorando de la habitación, pasé nuevamente por la oficina del intensivista y no quería irme sin hacerle nuevamente la pregunta: “Doctor, ¿qué sigue ahora? Mi papá, ¿irremediablemente va a fallecer?”. Me responde con su mismo tono altivo y desprovisto de toda humanidad: “Yo no le puedo decir que va a fallecer, porque la última palabra la tiene Dios. Lo que sí le digo es que está mal. Y qué sigue, seguiría hacerle una diálisis para tratar de contrarrestar el choque séptico que tiene. Pero si yo lo conecto al equipo de diálisis ahora, no aguanta un minuto. En el estado en que está, no aguantaría un minuto de diálisis.”
Salí de la UCI y de la clínica hecho polvo, todavía con los ojos llorosos. Cuando pasé la puerta de salida mi mamá hizo contacto visual conmigo, como buscando esa respuesta que tal vez su corazón ya le anunciaba.
Me acerqué, la abracé y le dije: “Me dijeron que papi va a fallecer. No ha fallecido, pero va a fallecer”. Estuvimos en ese abrazo como 30 segundos, tomamos aire y pensamos qué íbamos a hacer. Ella subió también a su último encuentro con él.
Nos habían recomendado traer a la abuela para que se despidiera. No sabíamos si debíamos hacerlo, no sabíamos el impacto que le causaría saber que su hijo iba a fallecer y verlo en una unidad de cuidados intensivos. Decidimos entonces avisar a la tía Estela, quien el día anterior había pedido no informarle, siquiera, que papi se encontraba en UCI, por temor a cómo pudiera reaccionar su organismo. Pero también considerábamos justo que ella supiera lo que estaba pasando y, si era el caso, tuviera la oportunidad de despedirse “en vida” de su hijo.
Llegamos donde la tía Estela. Allí me toco darle la noticia a ella y a mi prima Karen. Fue un momento muy triste y doloroso. Nos reincorporamos del dolor y llanto y le dije que ahora teníamos un reto por delante: informar a la abuela y decidir si la llevábamos a la clínica o no. Finalmente, no recuerdo de qué manera le pudimos avisar a la abuela, (yo no lo hice) y cuando llegamos a su casa ya estaba lista para salir a la despedida final -aunque ella no lo sabía- de su hijo. A ese encuentro fuimos Ángel, la abuela, Yina, AnaMile y yo.
Mi abuela y yo ingresamos primero. Ese recorrido desde la puerta principal hasta la UCI fue el acompañamiento más duro que le haya hecho a alguien jamás. Cuando mi abuela ingresó al cubículo y lo vio, rompió en llanto. Un llanto suave casi que susurrado, como es ella. Allí lo acarició y le habló durante media hora o un poco más. Ella le hablaba y lo acariciaba. Mientras, yo trababa de estar atento a ver si notaba algún reflejo en él: noté una lagrimita por su ojo derecho. No la vi brotar, pero si vi la marca que había dejado.
En un momento ella me dice: “Juancho está moviendo el brazo [derecho]”. Justamente del lado que ella estaba ubicada. En ese momento presto mucha atención a sus movimientos y trato de determinar si en realidad intenta moverse o es producto del equipo de ventilación o el desfibrilador que tenía conectado, los cuales lo hacían mover cada cierto tiempo, sin embargo, los movimientos que vi en su brazo, estaban por fuera del patrón que había notado, lo que me hizo pensar que sí podría estar escuchando y respondiendo a la estimulación de mi abuela, su mamá.
Entonces, le tomé su mano derecha, y le dije: “Papi si puedes escucharme, aprieta mi mano.” No obtuve respuesta. Tal vez sí me escuchó, pero lo que le estaba pidiendo era mucho para lo que él podía hacer en esos momentos.
La abuela llevaba media hora con él allí, acariciándole, diciéndole cosas hermosas, transmitiéndole ese amor de madre que seguramente le transmitió cuando lo vio nacer… ese amor que le transmitía cada día, y que le transmitió hasta sus últimos instantes. Salí para darle oportunidad a otros de que pudieran ingresar y verle. La abuela quedó con él allí mientras yo iba a por Yina. Yina ingresó, y por último lo hizo Ángel Daniel.
Volvimos a casa. El ambiente no podía ser más triste y de desconsuelo. Estábamos absortos por la confusión, el shock y el dolor. Mi tía Gilma, estaba sumida en una profunda tristeza. Todos sentimos ese día el peso de la muerte, ese peso que desde hace tanto nos había sido esquivo. Ese peso que nos cayó de repente y nos aplastó. Ninguno estaba preparado para soportarlo: no así, no tan pronto, no tan de repente.
Transcurría apenas el mediodía del miércoles. Todos estábamos desconsolados y a la espera de la llamada que nos anunciara lo que no queríamos oír. La llamada nunca llegó ese día. Por el contrario, habíamos recibido reportes extraoficiales de que papi estaba respondiendo a los medicamentos, a los tratamientos y que varios exámenes habían salido bien. Que por la tarde o noche le iban a hacer una diálisis.
Esos mensajes, nos llenaron de ilusión y de esperanza. Si le iban a hacer diálisis era porque había mejorado significativamente, ya que el doctor me había dicho que en el estado en que estaba en la mañana no aguantaba ni un minuto de diálisis y por eso no se la hacían. De manera que teníamos razones para estar, aunque no felices, llenos de esperanza.
En la noche, la mayoría de la familia nos reunimos, fuimos a la iglesia y pedimos mucho por su recuperación. Estábamos tranquilos, llenos de esperanza. Yo incluso, imaginaba a papi saliendo victorioso de esa UCI en una calle de honor, con los médicos y enfermeras que lo atendieron aplaudiendo porque había podido vencer ese episodio, contra todo pronóstico.
Esa noche dormí con mi mamá. Pude dormir tranquilo. El soplo de esperanza que tenía me hizo dormir hasta las 5:40 a.m. del jueves 19. A esa hora desperté repentinamente con una imagen que reñía con lo que anhelaba mi corazón. Vi a papi dormido (o muerto) con el cuello morado (como moretones o livideces) del lado donde estaba recostado. Me paré, no le dije nada a mami para no angustiarla y me fui. (Tal vez esa fue la real hora de su muerte)
Llegué a la casa y me tiré en la cama a pensar. Ese día, al contrario del miércoles, no me había bañado tan temprano. Estaba tan seguro que recibiría un reporte positivo a las 11 a.m. que no me quise afanar. Mientras estaba en la cama se hicieron las 7:28 a.m, hora en que timbra mi celular y nuevamente aparece en pantalla “UCI Adultos”. Miré al cielo, tomé aire y contesté. La persona al otro lado me dijo: “…Su familiar acaba de entrar en paro y vamos a iniciar las labores de reanimación que duran media hora. En media hora lo volvemos a llamar para informarle si fueron satisfactorias o no.” Solo atiné a decir: “Ok”.
Rápidamente pensé en que mi papá se estaba jugando la vida en esa media hora. Yo no podía quedarme esos 30 minutos esperando esa segunda llamada, así que me fui para donde mami y la abuela para entrar en una oración durante esos 30 minutos, para enviarle la mejor energía. Llegué y no estaban ni mi mamá ni la abuela. Habían salido a una cita médica que tenían programada desde hace mucho tiempo.
Me tocó solo, -Pensé.
Me devolví a casa y me encerré a pedirle a Dios, al Universo, a la vida misma que no me permitiera ser portador de malas noticias. Pedí e imploré porque esa llamada fuera positiva. Fue la media hora más larga y angustiante de mi vida. A las 7:58 a.m. vuelve a sonar el teléfono y la persona esta vez dice: “Lamento informarle que, pese a los esfuerzos, su familiar acaba de fallecer. Para que por favor se acerquen acá”. Esta vez no respondí nada. Solamente colgué, caminé hasta el baño, me miré en el espejo y sujeté mi cabeza fuertemente con mis manos tirándola hacia arriba, como queriéndomela arrancar. Allí, me desplomé unos minutos sumergido en el dolor y el llanto. No tenía fuerzas para nada, pero tomé aliento y les anuncié a todos por el grupo de WhatsApp de la familia, que papi finalmente había fallecido.
Sería apenas el inicio de unos días de dolor intenso, que todavía hoy, mientras escribo estas líneas, me remueven los huesos, el tripaje y me muestran que la muerte es así: caprichosa, inmerecida, intempestiva y que nadie nunca podrá estar listo para recibir un golpetazo de estos.
Para mí, esta ha sido una experiencia profundamente dolorosa, pero también profundamente transformadora. La muerte de mi papá no pasará en vano por mí. Hoy soy una persona distinta: estoy repensando y revaluando varios aspectos de mi vida, mi escala de valores, mis prioridades, mis aspiraciones. El sentido de estar vivo y el para qué.
La muerte lo transforma todo.
Todos tenemos en la vida un hito que marca un antes y un después, el mío sin duda, es este.

